
Marina Núñez es, sin duda, una de las artistas con más proyección en nuestro país. Su trabajo, centrado desde sus comienzos en un rotundo posicionamiento ideológico en torno a los discursos de género y la representación del cuerpo femenino, ha tenido una clara evolución hasta derivar en la preocupación por el ser humano entendido como una mutación del cuerpo hasta alcanzar su desaparición.
En palabras de la artista: “Las histéricas, medusas, momias, monstruas o cíborgs, que pertenecen a ese bando de los anormales, son sin duda una redundancia, un añadido de locura, perversidad, enfermedad o monstruosidad para aquellas que ya son definidas como poseedoras de una razón escasa y turbia y de unos cuerpos grotescos y descontrolados. En ese sentido, intentan poner en evidencia que el cuerpo e identidad femeninos son anómalos según la mirada masculina que los ha construido.
La representación de lo monstruoso, de lo disonante, de lo repudiado es, una forma de denunciar la violencia excluyente del canon, que bajo su apariencia bella e inocua esconde la persecución implacable de lo diferente.
En sus últimas exposiciones, continúa investigando la misma línea de trabajo que lleva desarrollando en los últimos años, concibiendo criaturas deformes con rasgos humanos y apariencia ciborg. Rostros que carecen de personalidad, cabezas inexpresivas y desinfladas o caras que eclosionan sobre la piel, son algunas de las inesperadas fisonomías que caracterizan los personajes de Marina Núñez, experimentos que le sirven para hacernos entender que la identidad es algo en permanente metamorfosis.
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